Tema 15: Servicios específicos: La ayuda a los ancianos y los geriátricos

Este es el testimonio personal de F. Sebastián Aguilar; Arzobispo de Pamplona y Obispo de tudela

ACTITUDES CRISTIANAS EN LA ATENCIÓN A LOS ANCIANOS EN LA ENFERMEDAD FINAL

No tengo títulos especiales que me autoricen a hablar hoy ante vosotros. Cuento con la invitación del Dr. Guijarro, que es casi un mandato para mí por la obligación de corresponder a sus atenciones profesionales. Me mueve también el deseo de colaborar con los organizadores presentando en estas Jornadas lo que podríamos llamar la espiritualidad del Buen Samaritano.

Como Obispo tengo que ser maestro de vida cristiana. Por eso mismo no podía negarme a hablar hoy aquí sobre la manera cristiana de vivir junto a los enfermos ancianos incurables. Tengo también una razón para participar en estas Jornadas: soy hijo de una de estas ancianas incurables y vivo de cerca el itinerario doloroso de su progresivo agotamiento. Os hablo pues como Obispo, como testigo de Jesús y de su Evangelio. Y quiero también hablaros como cristiano de a pie que se atreve a presentaros lo que yo mismo he ido aprendiendo poco a poco al recorrer con ella el largo y lento Vía Crucis de mi madre. La presencia del anciano enfermo irrecuperable es un dato que nos alcanza a muchos de nosotros. En consecuencia el contenido y las exigencias del cuarto mandamiento de la ley de Dios alcanzan una amplitud que antes no tenían.

Más ampliamente todavía el mandamiento fundamental del amor al prójimo encuentra en nuestra sociedad un área nueva que podríamos formular así: ¿Qué tenemos que hacer para honrar a nuestros padres cuando llegan a la situación de enfermos ancianos incurables? ¿Qué significa prácticamente amar a los ancianos incurables como a nosotros mismos? ¿Hacer con ellos lo que quisiéramos que hicieran con nosotros en las mismas circunstancias? Desde el punto de vista social, podríamos formular la misma pregunta en otros términos: ¿qué significa hoy respetar los derechos fundamentales de una persona cuando llega a la situación de anciano enfermo irrecuperables.

En las páginas que siguen vais a encontrar mucha influencia de mi experiencia personal. Muchos de vosotros no estáis en la misma situación. Atendéis a enfermos que no son parientes vuestros. Me he decidido a dejar así el texto porque no hubiera sabido hacerlo de otra manera. Os hablo desde lo que en mi personal experiencia he pensado y estoy viviendo. Supongo que no os será difícil hacer las analogías y modificaciones necesarias.

1. Necesitamos aprender

La humanidad y la Iglesia de hoy necesitamos aprender a convivir con los ancianos enfermos. Quizás es ésta una de las experiencias nuevas de humanidad más importantes que tiene que hacer la sociedad de hoy. Hay mucha gente que nos recuerda constantemente el dolor amargo e injusto de los niños que mueren prematuramente por falta de higiene en el Tercer Mundo, vemos carteles y lemas que nos recuerdan los estragos del hambre y de la sed en muchos países de África y Asia. Pero casi nadie nos habla de la necesidad de acercarnos a la larga agonía de nuestros propios ancianos que necesitan de nosotros para soportar la debilidad de sus cuerpos y la soledad de sus corazones en su lento camino hacia la muerte.

El alargamiento de la vida ha cambiado las proporciones de la sociedad, está modificando el equilibrio entre los miembros de nuestras familias, y pone ante nosotros unas nuevas exigencias morales. Todo ello por la multiplicación de los ancianos. No contábamos con ellos y resulta que son casi una cuarta parte de nuestra sociedad. No contábamos con ellos y resulta que forman parte de nuestra familia.

Cuando la humanidad se dedica a explorar los espacios celestes, resulta que tenemos mucho más cerca estos espacios inexplorados y desconocidos de la vida, las deficiencias, las necesidades y sufrimientos de los ancianos terminales. Hay que tener el valor de entrar en estos espacios, recorrerlos, explorarlos e investigarlos, y sobre todo hay que tener el valor de acompañarlos en su larga caída hasta las oscuras tinieblas de la desintegración psíquica y biológica. Hoy los ancianos enfermos, los ancianos terminales, son la exigencia moral más fuerte que tienen ante sí muchas familias. 

Tenemos necesidad de contar con ellos, hay que hacer sitio para el anciano enfermo incurable. Hacerle sitio materialmente en nuestras casas, en nuestra ciudades, pero sobre todo en nuestro cariño, en nuestra atención, en la distribución de nuestro tiempo y de toda nuestra vida.

La realidad física de estas enfermedades, sus consecuencias psíquicas, sus procesos de deterioro, la forma de aliviarlos y acompañarlos en este itinerario sobrecogedor es un largo aprendizaje que tenemos todos delante, los investigadores y los sanitarios, los familiares y cuidadores, la Iglesia y las mismas instituciones públicas.

2. Para vivir en la verdad

La verdadera imagen de la vida humana no es tal como nos la presentan los medios de comunicación. Ellos nos dibujan una vida a la medida de nuestros gustos y fantasías. Nos engañan con nuestra propia complicidad. La verdad es que ahora forman parte de nuestra vida, largos meses y años de decaimiento, impotencia, incapacidad creciente y disolución física y psíquica. Siempre ha sido muy difícil llegar a formarse una idea real y objetiva de lo que es la vida humana. Los humanos tendemos a totalizar la experiencia de cada edad imaginándonos la propia vida como la prolongación indeterminada de lo mejor que en cada edad o en cada momento estamos viviendo. Todo lo demás nos parece accidente.

Poco a poco, con los años, y con no pocos esfuerzos de realismo y de valor, llega el hombre a darse cuenta de que su vida es un arco que comienza con la niñez y juventud, que sube en los años de la madurez y que luego desciende hasta desaparecer en el silencio de la muerte. El mundo sigue y nosotros no estamos más entre los vivos. Los libros sapienciales de la Sag. Escritura, los Salmos, los textos literarios y religiosos de todas las culturas tienen testimonios admirables de este esfuerzo admirable del hombre de todos los tiempos para descubrir las verdaderas dimensiones y el rostro verdadero de la vida del hombre sobre la tierra.

Nada de esto es posible sin reconocer que la muerte temporal, la propia desaparición del escenario de este mundo forma parte de nuestra vida real. Cualquier intento de ocultar la verdad de la muerte como parte de nuestra vida es una falsificación de nosotros mismos y más profundamente todavía una falsificación de nuestra manera de estar en el mundo y de asumir nuestra propia vida. Este ocultamiento de la muerte es más intenso y más grave en nuestro mundo de hoy, en el que el quehacer de un número cada vez mayor de personas es únicamente enfrentarse con la realidad de la muerte, aprender a vivirla dignamente. A partir de aquí aparece otro aspecto de la cuestión. La verdad de la vida de quienes vivimos con estos ancianos incurables consiste en ayudarles a caminar su peregrinación hacia la muerte. No puede ser  verdadera, ni humana ni justa la vida de quien ignora la necesidad del anciano que tiene a su lado. Los ancianos son nuestro prójimo más necesitado de ayuda y de amor. Ellos necesitan absolutamente que otros vivamos con ellos su propia debilidad, que recorramos con ellos la peregrinación de sus últimos años. Para ello hacen falta unas actitudes que yo querría describir brevemente ante vosotros.

3. Reconocer prácticamente la dignidad del enfermo:

La enfermedad no disminuye la dignidad, ni el valor, ni la grandeza de las personas. No son capaces de trabajar, ni de resolver ningún problema de la casa, no pueden siquiera mantener una conversación entretenida. Pero ellos siguen siendo hijos de Dios. También en ellos se cumple el plan de Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». El anciano incurable, en su debilidad, es imagen de Dios como no podemos serlo en ningún otro momento de nuestra vida. Dios es el Dios poderoso y fecundo de la creación, pero es también el Dios débil de la cruz, de la agonía y de la muerte.

El Dios que se nos manifiesta en N.S. Jesucristo es un Dios fuerte y poderoso que por amor entra en el circuito de nuestra propia humanidad y vive personalmente las angustias de la soledad, de la agonía, de la impotencia y de la muerte. ¿Qué otra imagen mejor de este Dios impotente que la persona del padre o de la madre privados de su fuerza, del brillo de sus ojos, del dinamismo de su vida consciente? La fe nos ayuda a descubrir su dignidad y su grandeza más allá de sus debilidades físicas y su oscurecimiento espiritual. Verlos como hijos queridos de Dios, portadores de la llama interior de la inmortalidad y de la vida divina, los realza ante nosotros, y suprime cualquier planteamiento egoísta, cruel, insolidario, de comodidad o de menosprecio.

Conceptos y posibilidades como el abandono, el menosprecio, el no aprecio y cuidado de su vida, son cosas que quedan radicalmente excluidas de una mente y un corazón cristianos. Al contrario, quien sabe mantener despierta una visión de la vida humana iluminada por la fe en la creación y en la vocación a la vida eterna, se siente movido  a una mayor solicitud y ternura ante el misterio de una grandeza espiritual oculta y humillada por las debilidades de la naturaleza. La fe en la resurrección cambia nuestra manera de ver la enfermedad y la debilidad de la muerte. El anciano incurable comparte la agonía y la debilidad escandalosa de Cristo en la Cruz. Pero la oscuridad del Calvario tiene siempre detrás el resplandor del domingo de resurrección. El cuerpo deshecho y la mirada apagada del anciano se transfiguran ante nosotros si los vemos como un tránsito brevísimo en el camino hacia los resplandores de la resurrección. Un cristiano ve al anciano incurable como un ciudadano del Cielo, cuyo cuerpo destruido será transfigurado en un cuerpo glorioso como el cuerpo resucitado de Cristo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas, incluidas las fuerzas destructoras de la muerte (cf. Fil 3, 21).

En la agonía y la debilidad de Cristo está de alguna manera incluida la debilidad y la agonía de todos los hombres. Cristo es la Cabeza. En su muerte morimos todos y aprendemos a morir en adoración y esperanza. El anciano irrecuperable está atrapado por los brazos de la muerte, pero su muerte no es una muerte desesperada sino la muerte esperanzada de Jesucristo. Vivir cerca de él es una manera de vivir personalmente la realidad de la muerte con Cristo, en el anciano y en uno mismo.

Estar junto a la cama o junto a la silla de ruedas del anciano enfermo, es como estar con la Virgen María al pie de la Cruz de Jesús. Ella sufrió entero el dolor de la muerte. Pero nunca dudó de la grandeza del Hijo Redentor. En el Calvario vivió el dolor de todas las muertes de todos sus hijos. Nunca dudó de su dignidad ni de su grandeza. Nunca dejó de amarlos. El amor nos hace entrar juntos en el misterio redentor de la muerte cristiana. Las muchas renuncias que el cuidador tiene que aceptar son una manera de compartir en la propia vida las limitaciones y las renuncias que anuncian en la propia carne el realismo de la muerte con una dolorosa compasión. Se vive dolorosamente la muerte de los seres queridos, pero a la vez aumenta en nosotros la seguridad y la esperanza de su resurrección, de la nuestra, de la gloria universal y definitiva.

4. Saber descubrir y recibir lo que ellos nos ofrecen

Alguno se podría extrañar de este titular. ¿Qué puede ofrecernos un enfermo anciano Irrecuperable? Por supuesto que no estoy pensando en las pequeñas cuentas de las Libretas de Ahorro. En el terreno moral y humano, la convivencia con un enfermo terminal proporciona realismo, capacidad de enjuiciamiento, y por eso mismo serenidad y libertad para afrontar cualquier otro acontecimiento de la vida. Más de una vez, al leer la prensa o escuchar los comentarios de los amigos, con las vivencias de la enfermedad en la memoria, uno piensa que perdemos la vida en niñerías y nos entusiasmamos por cosas que valen muy poco. Incluso ciertas predicaciones y presentaciones del cristianismo que a muchos les parecen punteras y progresistas, resultan débiles y vacías cuando uno comprueba que no sirven para consolar al que se muere ni para sostener la fortaleza de quienes comparten de cerca su agonía.

La enfermedad terminal es una fase de la vida en la que la temporalidad se adelgaza y cada vez queda más cercana la verdad de la muerte y las promesas de la vida eterna. Quien comparte las horas con un anciano terminal vive esa situación extrema en la que toda la vida es ya pasado, sin apenas ninguna perspectiva de futuro. El único futuro real y posible es el encuentro real con Dios y el don de la vida eterna.

En la atención a un anciano incurable no cuenta la esperanza de que pueda curar un día. Atender a otros enfermos tienen el gran aliciente de poder ayudarles a curar y a normalizar su vida. Con el enfermo incurable esta esperanza no existe. Los cuidadores saben que aquella enfermedad terminará con el triunfo de la muerte. Pero los cuidadores cristianos sabemos que la muerte no es una etapa definitiva.

El amor, la solicitud, el tiempo, los sacrificios dedicados en ayudar y aliviar a estos enfermos incurables quedan en el gran patrimonio de la comunión de los santos en donde perduran ante Dios todas las buenas acciones del Reino. Los enfermos nos llevan hasta la puerta del Cielo. Si ellos caminan hacia Dios y nosotros les acompañamos con cariño, podemos llegar con ellos, por la fe y el amor, hasta las proximidades del misterio, hasta el umbral de la vida eterna, hasta el secreto misterioso de Dios. De hecho la atención amorosa a un anciano terminal es un ejercicio continuo de fe en la esperanza y la cercanía de la vida eterna. En la vida de hoy todos tenemos muchas cosas que hacer. Entramos, salimos, hablamos, escribimos, compramos y vendemos. Atender a un enfermo terminal es otra cosa. De momento no sirve para nada. Ni siquiera pueden devolvernos una sonrisa, pero nuestra presencia a ellos les da contenido de vida, les ofrece un mundo amable en el que seguir viviendo; a nosotros nos ayuda a entrar en lo profundo de la humanidad y del mundo, en el mundo del amor y de la presencia espiritual que no pasan y son bienes eternos por la gracia de Dios.

5. Aceptar con gratitud el don de la vida, con su riqueza y sus limitess

El cuidado de un enfermo incurable nos acostumbra a tocar las limitaciones de la vida y la grandeza de los dones que hemos recibido. Lo sorprendente no es que nuestra vida se desmorone, la maravilla es que un cuerpo compuesto de minerales bien organizados hayasido capaz de sustentar la vida de nuestro espíritu durante tantos años.

Esta experiencia resulta a veces muy dura y puede ser fuente de tentaciones profundas, como el desaliento, la desesperanza, la desgana ante todas las manifestaciones de la vida, el resentimiento ante la felicidad de otros, la depresión en el sentido más estricto. Pero hay también formas positivas y provechosas de vivir estas situaciones y de ser más fuertes que todas estas tentaciones y peligros. Sin rebeldías, sin preguntas insolentes, con gratitud, con esperanza, aprendemos a valorar y agradecer el don de la vida. El dolor es revelación de Dios. Quien rechaza al uno rechaza al otro. Quien lo acepta tiene ya abierta la puerta de la revelación y de la gloria. No se puede entender la verdad de Dios sin vivir en la verdad denuestra vida manifestada por el dolor vivido en el amor.

Ni se puede tampoco valorar en su entera verdad la salud, la naturaleza, las relaciones humanas, la hondura y la fuerza del amor humano hasta que no ha pasado por la experiencia y la prueba de la solidaridad en el dolor absoluto de la enfermedad incurable y de la muerte.

La verdad profunda de nuestra vida es la de ser don y comunicación de bienes. Dios nos da la vida por amor; el amor de nuestros padres es el vehículo de la donación de Dios. En el amor crecemos y por el amor nos comunicamos y nos entregamos a los demás. Hace falta que volvamos a Dios con amor, con el amor nuestro y con el amor de los que nos acompañan. Cuidar a un enfermo terminal tiene que ser vivido como un acto de amor por el que depositamos en las manos de Dios la vida completa y el cuerpo agotado de sus hijos nacidos de su amor. La verdad y la grandeza de nuestra vida consiste en vivirla con amor en sus  verdaderas dimensiones como don que se recibe de Dios, que se ofrece a los demás, y que se devuelve a Dios cuando El y como El dispone.

6. El amor desinteresado y efectivo

En el Sermón de la Montaña Jesús recomienda amar a los enemigos. No es que los enfermos irrecuperables sean comparables a los enemigos. Pero sí nos vale el sentido profundo de este mandato del Señor: En el amor a los enemigos, el Señor recomienda el amor universal, el amor generoso y gratuito, el amor sin medida ni correspondencia. «¿Porque si amáis a los que os aman qué  recompensa vais a tener?» Amar y servir a los enfermos irrecuperables es en muchos casos amar y servir a quien ya no está en disposición de estimar ni agradecer ni mucho menos devolver nuestros servicios. Por eso este servicio tiene la dificultad y la grandeza del amor generoso y desinteresado. A cambio ofrece la oportunidad de disfrutar de la experiencia moral más alta que se puede tener en la tierra, la de amar porque sí, como Dios mismo, sin esperar nada a cambio, por el simple gusto de servir y por el valor mismo del amor como forma suprema de vivir y de estar en el mundo. En este servicio se cumple el mandato del Señor: «Sed misericordiosos, sed perfectos, como Dios mismo es misericordioso y perfecto» (cf. Mt 5, 48; Lc 11, 44).

Desde el punto de vista humano esta experiencia no tiene precio. Servir a un enfermo es ir tomando su vida bajo nuestra responsabilidad como un padre y una madre. Ir poco a poco reorganizando la propia vida según las necesidades del otro. De esta manera se da la transformación increíble de los padres en hijos y los hijos en padres. Se llega a vivir una verdadera maternidad o paternidad ejercida espiritualmente sobre los propios padres. Ellos nos dieron la vida, ahora podemos sostener la suya en situaciones más dolorosas y más necesitadas.

7. Mantener viva la esperanza

La atención a un anciano irrecuperable es una dura prueba para la esperanza. Los cuidadores saben que aunque ganen algunas batallas, la guerra la tienen perdida. El anciano no curará. Y sin embargo hay que mantener vivas las motivaciones del duro trabajo y de las exigentes renuncias de cada día. Hay una consideración radical capaz de sostener la esperanza en estos trances. «Sé que al final mi hermano resucitará», le dijo Marta al Señor (cf. Jn 11l). Al atender a un enfermo sabes que algún día va a conocer los cuidados que ahora recibe sin darse cuenta y va a poder agradecernos lo que ahora recibe pasivamente. Este cuerpo debilitado y abatido que ahora atendemos con veneración, volverá a ser glorioso y resplandeciente. En el quedarán para siempre las huellas de nuestro cariño y de nuestras atenciones.

Pero hay otros estímulos más cercanos y más asequibles. Aunque el enfermo no se dé cuenta ahora de los cuidados que recibe, aunque los días y los meses se alarguen indefinidamente, el amor hace que se pueda mantener con ellos una comunicación suficiente para ver en sus ojos la alegría y la paz de verse queridos, acompañados,  atendidos en sus necesidades.

El enfermo querido se siente significado por la atención que le prestan las personas que están cerca de él. Su autoestima y su tranquilidad interior se sostienen por la experiencia fundamental de sentirse querido, cuidado, atendido. En esta experiencia mantiene el enfermo la conciencia de su propia dignidad y de su propio valor.

La enfermedad incurable y larga vivida en soledad y sin cuidados envilece y degrada al enfermo ante sí mismo. La misma enfermedad, vivida entre el amor y los cuidados de unas personas solidarias y esperanzadas, es dignificadora y purificadora. En este sentido, aunque la enfermedad termine por derrumbar al paciente, nunca podrá mancillar su dignidad ni someternos a los demás al fatalismo de la muerte.

8. Afrontar las dificultades con fortaleza

El acompañamiento de un enfermo incurable es una larga peregrinación por el desierto, por un desierto cada vez más silencioso y más deshabitado. El cansancio, la frustración, el abandono son tentaciones frecuentes entre los cuidadores.

Por eso mismo es tan importante mantener vivas las razones para la esperanza. Donde hay esperanza hay fortaleza y constancia. Quien se hace cargo de la vida de uno de estos enfermos sabe que lleva a cuestas la cruz del Señor. A todos nos lleva a cuestas nuestro Señor en el peso y en la injusticia de su cruz. Cargar con el peso de uno de estos enfermos es ayudar al Señor a llevar sobre los  hombros el peso del mundo.

En este camino de la cruz, con la vida del prójimo incurable a cuestas, cada vez hay que descender a regiones más oscuras, a situaciones más exigentes, a renuncias más absorbentes. Pero este entrar cada vez más adentro en el mar de la debilidad y de la impotencia es también llegar a situaciones de más generosidad, de mayor gratuidad, de mayor donación de uno mismo, de mayor transferencia de vida. Todo esto es a la vez un modo realista y verdadero de entrar con Cristo en el misterio de la redención. Morimos un poco para que otros vivan. Y a medida que morimos por los otros entramos también en una vida nueva de amor y de esperanza que vale mucho más que las posibilidades perdidas. Los enfermos son el sacramento y el camino de nuestra purificación y de nuestra propia redención.

9. Cultivar la magnanimidad

Al evocar esta hermosa virtud me refiero sobre todo a la capacidad de superar las pequeñas dificultades domésticas que se producen inevitablemente por la fuerte presión que el enfermo ejerce sobre las personas que están en su entorno. Quienes viven al servicio del enfermo sienten su influencia en todas las cosas, se cambian las horas del sueño, hay que acomodar las entradas y salidas, no se sabe nunca lo que se va a poder hacer al día siguiente, se vive con el agobio de hacer o no hacer las cosas bien. Las crecientes dificultades del enfermo hace que se conviertan 
en asuntos problemáticos y difíciles todas las pequeñas cosas de cada día: la limpieza, la hora del desayuno, la preparación de los alimentos, la toma de los medicamentos.

Para que todas estas pequeñas presiones no destruyan la tranquilidad del entorno, para que no se crispe la convivencia, para no perder la paz y la alegría hacen falta corazones magnánimos y a veces nervios de acero. Hay que saber comenzar de nuevo tantas veces como sea necesario. Nada ni nadie debe ser capaz de turbar la paz, la armonía, la confianza que necesitan los cuidadores y necesita el propio enfermo para sentir en torno suyo la compañía del afecto y la tranquilidad que necesita.

10. Aprovechar la ocasión de crecimiento espiritual y humano

El cuidado del enfermo anciano irrecuperable requiere buena salud, buen estado de ánimo, y sobre todo una notable estabilidad psíquica. En torno al enfermo se crean muchos momentos de alarma, de agotamiento, de decepción que tienen que ser superados con  realismo y con serenidad. Pero también es verdad que la convivencia con el enfermo ayuda a  conseguir esta madurez que el enfermo requiere. Ver el dolor tan cerca, ser capaz de relativizar otras muchas cosas, tener que estar multiplicando los actos de generosidad sin esperar recompensa, prepara para adoptar esas mismas actitudes en otras muchas circunstancias de la vida, con los familiares más cercanos, con los amigos a los que les resulta difícil comprender nuestras limitaciones, a los que pasan por nuestro lado sin enterarse de lo que estamos viviendo.

La convivencia con el enfermo ayuda a entrar en un estilo de vida  comprensivo, generoso, muy profundamente asimilado y muy sinceramente personal que le hace a uno capaz de encajar muchas cosas, de acoger con benevolencia y con compasión las limitaciones y los defectos de los demás. Digamos que vivir con un enfermo incurable es a la vez una escuela de duro realismo y por eso mismo una escuela también de piedad y de compasión. Estas creo que son las mejores notas de una verdadera madurez humana y cristiana.

11. Maduración de la familia

El enfermo pone también en crisis las relaciones familiares. Hay momentos que en que no se sabe qué hacer con él. Puede resultar  problema su alojamiento, los gastos de su tratamiento, la distribución de las cargas y de los sacrificios. Las hijas tienen que contar con sus maridos, los hijos con sus mujeres, los padres temen las reacciones de los hijos, y otras veces se echan en cara unos a otros lo que no han querido o no han sabido hacer. Según como se viva la presencia de un enfermo anciano irrecuperable en la familia puede ser una bomba que la haga estallar en desconfianzas, críticas y resentimientos. El enfermo es como el detonador que hace saltar todos los egoísmos encubiertos y destruye todas las apariencias de amabilidad y de falsas confianzas de que están hechas muchas familias. Pero cuando la familia está edificada sobre un amor verdadero que sabe dar sin recibir, que no juzga a los demás, que perdona y comprende, el enfermo es un acelerador y multiplicador de este amor. 

Cada uno tiene que dar lo que pueda en una verdadera concurrencia de afectos y de buenas disposiciones, cada uno cuida de mitigar los sufrimientos y el cansancio de los demás, se atiende al enfermo y se atiende a la vez al cansancio y al sufrimiento y a los sacrificios de quienes están con él en un verdadero concurso de generosidad y de afecto. Al final de la enfermedad la familia tiene que estar más segura de sí misma, más convencida de que el amor verdadero es su cimiento indestructible, más purificada de otros planteamientos reivindicativos, egoístas, faltos de generosidad o de misericordia.

12. Madurez y humanización de la sociedad

Muchas veces en las reuniones cristianas decimos, no sin cierta grandilocuencia, que queremos hacer un mundo nuevo. Los enfermos, casi sin quererlo, nos están ofreciendo una posibilidad. Entiendo que el índice de humanidad y los grados de evangelio que hay en una sociedad, en una cultura, se manifiestan muy claramente en la manera de tratar a los enfermos. La familia o la sociedad que aparca a los enfermos, que los quita de su vista, aunque luego pretende tranquilizar su conciencia con dinero, es una familia y una sociedad deshumanizada, cruel, ganada por el egoísmo y en el fondo endurecida y cautiva por el ídolo del propio bienestar y por la adoración de uno mismo.

Una sociedad humanista, inspirada por el respeto a la fe cristiana, que quiere vivir de acuerdo con las inspiraciones humanistas del cristianismo, tiene que ser una sociedad que quiere proporcionar un clima verdaderamente humano a sus ancianos hasta el umbral de la muerte y para eso dedica dinero, investigación, puestos de trabajo, ayudas familiares, formas alternativas, todo un sistema de atenciones y cuidados para humanizar esta difícil etapa de la vida humana que nosotros mismos hemos contribuido a crear y que se llama vejez y decrepitud larga e irrecuperable.

Si cabe aquí una sugerencia de naturaleza política, diría lo siguiente: Bien está hacer Residencias asistidas cuando sean necesarias. Pero sería más propio de una política humanista ayudar a las familias para que sean capaces de atender en casa a sus enfermos. Desde la vivienda, las calles, las subvenciones, las comunicaciones, todo tiene que repensarse teniendo en cuenta la presencia y las necesidades personales y familiares de los ancianos enfermos irreversibles.

Una palabra de gratitud y de admiración para todos los que trabajáis profesionalmente en el mundo de los ancianos enfermos irrecuperables. Me refiero a los religiosos y religiosas que lo hacen como un modo de vivir su entera dedicación a Dios y al servicio del Reino de los Cielos, a los médicos y diferentes géneros de personal sanitario y auxiliar, a todos los que directa o indirectamente, en establecimientos o en sus casas les ayudáis a vivir. Yo mismo me pongo entre vosotros .

No os dejéis abatir en ningún momento. No perdáis de vista los valores inmensos de vuestra tarea. Tratad de perfeccionar constantemente vuestros conocimientos y capacidades profesionales, pero no olvidéis nunca las dimensiones humanas, cristianas y casi místicas de vuestra profesión y de vuestros esfuerzos de cada día.

Cada día, en los momentos agradables del descanso buscad el rostro del Señor y escucharéis su hermosa palabra: «Lo que habéis hecho a estos ancianos míos lo habéis hecho conmigo»; «haced el bien y dad sin esperar nada a cambio, y seréis hijos del Altísimo. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Dad y se os dará, una medida apretada, rebosante, porque con la medida con que midáis a los demás se os medirá a vosotros» (cf Lc 6).                                                                                                                                                                     F. SEBASTIAN AGUILAR; Arzobispo de Pamplona

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