Tema 8: El ejercicio del acolitado y la visita del enfermo
El ejercicio del acolitado y el enfermo. El servicio de los pobres: El pan de la Palabra y la Eucaristía para el enfermo; La Fe la Esperanza y la Caridad en el ministro extraordinario de la Eucaristía; La eucaristía y los enfermos ¿Cómo hacerlo?; Revitalizar la comunión de los enfermos; Recuperar el Viático, Sacramento del tránsito de la vida; Algunas indicaciones para llevar la Comunión a los enfermos.
Introducción
El laico cristiano, por la gracia del Bautismo esta llamado a la santidad y es configurado con Cristo, al mismo tiempo que participa y es transformado en sacerdote, profeta y rey; es por esta razón que puede ejercer ciertas funciones cultuales en la Iglesia; siendo los ministerios laicales un doble testimonio de la entrega al prójimo y de la explícita participación en la misión eclesial según propone el Concilio Vat. II.
El C.D.C. en el Art. 230 dice: “Los varones laicos que tengan la edad y condiciones establecidas por decreto de la Conf. Episcopal pueden ser incorporados establemente en los ministerios de lector y acólito,...”
En el año 1972 la Iglesia aprobó los ministerios laicales instituidos, confirmándolos como una gracia al servicio y enriquecimiento espiritual del pueblo de Dios: “los ministerios pueden ser confiados a los seglares, de modo que no se consideren como algo reservado a los candidatos al sacramento del orden”(Ministeria Quaedam).
Todos los servicios y ministerios en la Iglesia tienen un mismo fin, hacer posible la salvación de las almas, viviendo y desempeñando los servicios y ministerios desde una fe viva, una esperanza firme y una caridad constante, haciendo vida las virtudes teologales, especialmente con los más pobres y desamparados como son en este caso los enfermos.
“El que quiera ser el primero que se haga servidor de todos” (Mc. 10,44)
El pan de la Palabra y la Eucaristía para el enfermo
El más importante de los servicio y que concierne a todos, sacerdotes y laicos, en la Iglesia es el servicio de los pobres. El evangelista Juan, escribe en su primera carta: “En esto hemos conocido el amor: en que Él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguien vive en abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra el corazón y le cierra su corazón, ¿cómo permanece en él el amor de Dios ? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3, 16-18). Se trata de algo que, en el pensamiento de san Juan, constituye un aspecto esencial del misterio eucarístico.
Podemos comprender el porqué profundo de todo esto con un simple razonamiento teológico. Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre es consagrado, que recibimos y adoramos es «verdadero Dios y verdadero hombre». Pero ¿de que forma y con que gestos proclamamos nuestra fe en Jesús como «verdadero hombre»? precisamente con el servicio a los pobres y a los que sufren. Esto es expresado claramente en Mt 25, 35-ss. “porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; preso, y me vinieron a ver...”.
En el pobre y en el enfermos no se tiene el mismo género de presencia de Cristo que tenemos bajo las especies de Pan y Vino, pero se trata de una presencia real, es decir verdadera porque Jesús se ha identificado con ellos. Jesús «instituyó» este signo del mismo modo que instituyó la eucaristía. Podríamos decir que en el pobre se tiene presencia de Cristo pasiva, no activa. El pobre, en efecto, no siempre y no necesariamente contiene dentro de sí a Cristo ni lo trasmite automáticamente a quien lo acoge, como sucede en cambio con las especies eucarísticas, que por si mismas producen la gracia contenida en ella; pero sin embargo, no recibe plenamente a Cristo quien no esta dispuesto a recibir al pobre con quien él se ha identificado.
Durante su última enfermedad, Blas Pascal, el gran filósofo y creyente, no pudiendo recibir el viático porque no era capaz de retener nada en su cuerpo, pidió que llevasen a un pobre a su habitación para que «no pudiendo comulgar con la Cabeza, pudiera al menos comulgar con su cuerpo». San León Magno decía que, después de la ascensión de Jesús al cielo, «todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales». Este principio -que para san León se aplica a los sacramentos y a los ministerios de la Iglesia, comprendido también su ministerio pontificio- se aplica también, en otro sentido, a los pobres y a todos aquellos que Jesús llama «sus hermanos más pequeños» (Mt 25,40). Con la ascensión, aquello que había de humanamente visible en Cristo ha pasado a los pobres y a los que sufren, que son su representación viva. En efecto, si en virtud del hecho de la encarnación todo hombre ha sido asumido, de algún modo, por el Verbo -como los padres de la Iglesia gustaban decir-, en virtud del modo con que la encarnación ha tenido lugar, es el pobre, el que sufre y el desvalido quien es asumido de forma muy particular por el Verbo. La encarnación nos dice que el Verbo se ha hecho «hombre», pero el misterio pascual nos dice también «qué tipo de hombre» se ha hecho el Verbo: un hombre indefenso, condenado y crucificado. San Juan Crisóstomo, en un texto justamente famoso, ha puesto de manifiesto esta íntima vinculación que existe entre el Jesús presente en el altar y el Jesús presente en el pobre: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? -escribe- No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez...
La Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de la distribución a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo....(Cf. D.V; Cap. VI). Por ello lo que decimos de la Sagrada Eucaristía debemos decir también de la Palabra de Dios.
(1) Sintesis tomada de:Raniero Cantalamessa; La Eucaristía, nuestra santificación;Cap. VI; pags. 95-100; Edit Edicep; España; Año 2000.
La Fe la Esperanza y la Caridad en el ministro extraordinario de la Eucaristía (2)
La Fe del ministro extraordinario de la Eucaristía
Para todo cristiano católico, la fe no es creer en algo, sino conocer creer y amar a Alguien, es fundamentalmente una relación personal, no es una aproximación intelectual o filosófica, ni una experiencia psíquica solamente, ni siquiera un creer en algo que la Biblia dice que hay que creer, sino la experiencia de una persona: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, la tercera persona del Dios uno y trino, que llega realmente en su cuerpo, alma y divinidad en la Sagrada Comunión.
La fe eucarística es algo más que la sola Eucaristía. Cuando celebramos la Eucaristía, celebramos la fe - es decir una amorosa intimidad con Dios y con su pueblo- que nos esforzamos y pedimos la gracia de poder vivir todos los días.
En la Eucaristía encontramos la máxima unión entre lo santo y lo ordinario, porque esto es el misterio de la encarnación, de la misma manera la fe eucarística esta constantemente condicionada por la misma unión, la perfecta transformación del pan de cada día y del vino en la persona total de Cristo resucitado. Este es el corazón de la fe eucarística en este mundo de lucha.
Vale la pena preguntarnos si ¿hay algo excepcional en la fe de un ministro de la Eucaristía, algo diferente de la fe de los demás católicos? La respuesta es no y también si. La fe de un ministro de la Eucaristía es la misma que comparten todos los miembros de la Iglesia. Al mismo tiempo, como toda relación humana es única, porque cada persona es única y se relaciona con Dios con su propia personalidad. Agreguemos a esa personalidad única el hecho de ser ministro de la Eucaristía: debemos concluir que la fe de un ministro es única porque es única su relación personal con la Eucaristía.
Si el ministro de la Eucaristía tiene un talento especial para dar al mundo, quizá sea el de ser, sobre todo, consciente en todo momento de la presencia de Cristo resucitado en su corazón y también, siempre y al mismo tiempo, en lo más profundo del corazón de la gente. Por eso la fe de un ministro de la Eucaristía encuentra siempre motivos para dar gracias.
La Esperanza del ministro extraordinario de la Eucaristía
Es particularmente apropiado hablar de la esperanza de un ministro de la Eucaristía, porque la Eucaristía nutre la esperanza de una manera muy especial.
La esperanza puede y debe existir en todas las circunstancias, pero se hace más reconocible y llega a su grado de máxima realidad cuando la vida parece más desolada. Por eso es en los enfermos y en los moribundos donde se ve más claramente el poder de la Eucaristía para alimentar la esperanza. Cuando estamos enfermos o en peligro de muerte, nosotros recobramos la esperanza por la Eucaristía, justo en el momento en que la vida parece que ya no tiene sentido o ha llegado al límite de la existencia. Pocas palabras, un trozo de pan, unas gotas de vino, realidad sensible que esconden y comunican una realidad mucho mas perfecta, la de la presencia de Jesús en su cuerpo, alma y divinidad que sale a nuestro encuentro para confortarnos y alimentaros con su amor en la realidad humana difícil y hasta desesperada, tanto en esta vida como en la próxima en la que ya nada habrá que esperar.
Cuando llevamos la comunión a una persona enferma o moribunda, compartimos con ella el conocimiento que proviene de una esperanza autentica, esa luz del Espíritu que alimenta la esperanza que va mas allá de esta vida y por eso el ministro de la Eucaristía debe cultivar la habilidad de mirar más allá de las apariencias, de las perspectivas superficiales. A veces nos olvidamos de que la Eucaristía es la misma experiencia de la Última Cena que Jesús compartió con sus discípulos en el umbral de su terrible pasión y muerte.
La esperanza del ministro de la Eucaristía es la misma esperanza, que viene del poder de la resurrección, que nosotros compartimos cuando damos la comunión a los demás. Nuestra fe y esperanza, se alimentan de todos modos de la caridad, del amor, que es la realidad fundamental y centro de la creación, la más profunda en toda persona, la realidad esencial en la cual “vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17,28).
La Caridad del ministro extraordinario de la Eucaristía
En el sentido cristiano, el amor no es primeramente una emoción, sino un acto de la voluntad. Cuando Jesús dice que tenemos que amar a nuestro prójimo, no dice que tenemos que amarlo en el sentido de sentir por él algo emocional e íntimo... En las palabras de Jesús, se nos dice que podemos amar al prójimo sin necesariamente gustar de él. El hecho de que guste puede hacer de nuestro amor un sentimentalismo sobre protector en lugar de una honesta amistad.
Yendo a la raíz de la palabra “Caridad”, descubrimos que se refiere al amor benévolo de Dios hacia nosotros y del mismo modo al amor de los unos a los otros. Este es el amor o caridad, que es la joya de la corona de virtudes teologales, fe, esperanza y amor/caridad.
Este es el amor que san Pablo tiene en mente en su famoso himno a la caridad en 1Cor. 13,13. En cuanto ministros de la Eucaristía, estamos llamados a amar como Jesús amaba, lo que no significa que estemos llamados a ser amigotes de todo el mundo. Para las visitas a domicilios, hospitales o asilos, se deben distinguir entre el saludo cordial y la acogida de la celebración ritual, ya que se trata de dos cosas totalmente distintas, ya que el rito de la comunión a los enfermos y ancianos es una de las maneras más notables de comunicar el amor de Dios a aquellos a los que servimos.
Como ministros de la Eucaristía estamos llamados a ser instrumentos del amor de Dios para aquellos que se acercan a comulgar, especialmente cuando lo hacemos con aquellos que no pueden participar de la Santa Misa. A menudo esta gente tiene la necesidad de alguien que los escuche. Podemos estar tentados de llegar y partir cuanto antes sin dar lugar a la escucha del enfermos. Cada visita debería tener cuatro partes: 1 -Entrar en contacto con el enfermo, 2- liturgia de la Comunión, 3- unos minutos para estar con la gente en la casa y 4- el tiempo para dar una bendición informal y despedirnos.
Un ejercicio pleno de éste ministerio implica hacerlo con el corazón lleno de amor de Dios, cosa que requiere un tiempo de oración cotidiana. Es importante para el ministro de la Eucaristía aferrarse con las dos manos a la verdad de que nadie puede amar a los demás si no se ama a sí mismo. Lo importante es descubrirse y amarse a si mismo como amamos a los demás descubriéndonos y descubriendo al otro como un don de Dios enviado a este mundo para estar con los demás y para los demás.
(2)Sintesis de: Mitch Finley; “La alegría de ser ministro de la Eucaristía”; Edit. San Pablo; Argentina 1999.
La Eucaristía y los enfermos ¿Cómo hacerlo?
No malogres el don espiritual que hay en ti. 1 Tim. 4,14
La participación de los enfermos en la Eucaristía tiene dos aspectos básicos.
El Primero, la participación habitual, periódica, que constituye además un signo importante de la preocupación de la comunidad cristiana hacia sus miembros más débiles, aquellos a quienes el Señor, mayor atención dedicaba.
El Segundo, el viático, constituye el acompañamiento, en el tránsito final de la vida, del sacramento del Señor muerto y resucitado, prenda de vida eterna. Ambos aspectos de la Eucaristía deben ser vividos y potenciados. Y para ayudar a reflexionar sobre ellos es que damos algunos criterios que ofreció con motivo del día del enfermo, el Sec. Interd. de pastoral de la salud de Cataluña.
Revitalizar la comunión de los enfermos
Toda la comunidad cristiana tiene que facilitar a los enfermos su participación en la Eucaristía, puesto que son miembros suyos y necesitan recibir el pan de la Palabra y el Cuerpo del Señor. Por ello:
Llevar la comunión a los enfermos tiene que ser una tarea gozosa que la comunidad realiza solícitamente. El domingo es el día más indicado.
Hay que vincular la comunión de los enfermos con la Eucaristía de la comunidad.
La comunión debe revestir el carácter de una auténtica celebración; sin prisas ni rutina, sirviéndose de los medios más convenientes.
Los ministros extraordinarios de la Comunión, bien escogidos y preparados, pueden facilitar que la comunión pueda llevarse a los enfermos con mayor regularidad, en el momento más indicado, dedicándoles el tiempo necesario, etc.
Recuperar el Viático, Sacramento del tránsito de la vida
Recuperar el viático es uno de los grandes desafíos. Una serie de circunstancias lo dificultan: no hay conciencia de su necesidad; se desconoce su significado; pocas veces se pide o se propone. Es, pues, necesario:
Situarlo en el marco más amplio de la promoción de un morir humano y cristiano.
Darle un mayor protagonismo en los programas de catequesis y de formación de los agentes de pastoral.
Invitar a los fieles a manifestar, el deseo de recibirlo.
Algunas indicaciones para llevar la Comunión a los enfermos
Tratamiento de la Eucaristía
1- Tener siempre en cuenta que las especies consagradas ocultan la presencia real de Jesucristo Nuestro Señor. El sacramento eucarístico deberá ser tratado con la mayor reverencia.
2- Al Santísimo Sacramento del altar se lo saluda doblando la rodilla derecha (genuflexión), tanto cuando esta expuesto como cuando está reservado en el sagrario.
Forma de trasladar la Eucaristía
3- Para llevar la comunión a un enfermo, se debe retirar el Santísimo Sacramento inmediatamente antes de salir hacia el hogar donde se ha de administrar el sacramento. No corresponde llevar la Eucaristía y ocuparse en otras actividades antes de dar la comunión; tampoco es lícito retenerla en la casa del ministro. La norma general e invariable debe ser: desde el sagrario a la casa del enfermo.
4- El recipiente donde se lleva la sagrada Forma, llamado “teca” (pequeña cajita de metal), no puede ser sustituido, por pastilleros o cosas semejantes. La teca se destinará exclusivamente a este uso. Sería adecuado llevarla de manera respetuosa y protegiéndola de posibles robos o pérdidas. En el camino es conveniente rezar adorando al Sacramento.
En la casa del enfermo
5- Al llegar a la casa del enfermo, lo primero que debe hacerse después de saludar cordialmente, es comenzar la celebración con los ritos acostumbrados y establecidos por la Iglesia.
6- Si el enfermo sólo puede recibir una parte de la hostia, hay que llevar el resto al sagrario nuevamente, así también cuando no se encuentra al enfermo o no la quiso recibir.
7- Si el enfermo no quiere recibir la eucaristía, no se le debe exigir, tampoco se debe invitar imprudentemente a que sus acompañantes la reciban. Corresponde que el sacerdote visite al enfermo para que éste tenga oportunidad de confesarse. El enfermo que recibe habitualmente la Eucaristía de manos de un ministro extraordinario debe recibir también, periódicamente y con regularidad, la visita del sacerdote.
8- No debe olvidar que es el sacerdote quien envía al ministro a visitar a los enfermos, y por tanto es el que determina a quienes a de administrársele la comunión.
9- Bajo ningún concepto se dejará el Santísimo Sacramento en la casa del enfermo para que comulgue por si mismo (ya sea porque no esta, o cualquier otra causa). El ministro debe volver las veces que sea necesario y en la medida de sus posibilidades.
10- Es muy importante tener conocimiento de la situación sacramental del enfermo, si está bautizado, si ha recibido su primera comunión, que sacramentos ha recibido en su vida, etc.

Webmaster: Pbro. José Luis Gallotto
Dominios | Registro de Dominios | Alojamiento Web | Redirección Web
Transferencia Dominios | Hospedaje Web | Web Hosting

Si queres comunicarte con nosotros, escribinos a: info@agentespastoral.com.ar
Queremos seguir creciendo en este servicio, tu aporte nos ayudará a mejorar

Ubicación Geográfica de la Diócesis de Rafaela
